
Corta Juan Luis un jamón -que se acaba como el verano- con un cuchillo romo y me dice que si Guzmán el Bueno lo hubiera lanzado al moro tendríamos hoy a su hijo de interino en la Junta. Driss Basri, el todopoderoso ministro y hombre fuerte de Hassan II hasta la muerte del monarca, no falta a la cita veraniega tarifeña con su amigo Jaime Mayor, compañero de fatigas durante el tiempo en que ambos ocuparon las carteras de interior. Cuenta Jaime que durante una jornada de crisis –creo que algo tenía que ver con una invasión de pateras- llamaba a su homólogo marroquí cada dos horas para informarle de la situación, y le saludaba con un repetido Driss, mon ami. De madrugada, vencido ya por el sueño después de un día agotador, Mayor, -quién sabe qué fantasía onírica le envió Morfeo- cambió la fórmula de saludo por un Driss, mon amour ante la estupefacción de quien, también dormido, se encontraba al otro lado de la línea.
Siempre elegante en el vestir y con sombrero panamá de ala ancha, Basri saluda con una leve inclinación, llevándose la mano izquierda a su corazón. En mayo fue llamado por un juez francés para declarar como testigo sobre la desaparición de Ben Barka durante su exilio, en un proceso reabierto que ya resolvió la responsabilidad del General Ufkir –otro desaparecido-, aquél que ordenó a la fuerza aérea derribar el avión real. Basri ha sido hasta hace muy poco tiempo un sans papiers de lujo en su exilio parisino, aunque algunos afirman que más bien se trataba de un autoexilio. El cambio de monarca requería, al parecer, un cambio de imagen, y en política este tipo de mudanzas se suele saldar con nuevas caras. El mérito está en que los nuevos actores modifiquen también las políticas, pero eso ya es otra cosa.
En las siempre complejas relaciones hispano-marroquíes algo cambió con el nuevo Gobierno y ya no llegan las pateras a la costa gaditana con la frecuencia con que llegaban antes. Pero la repentina suspensión de la visita de Rodríguez Zapatero, -además de poner de manifiesto una política exterior singular-, parece que responde a un punto de inflexión en unas relaciones que históricamente han estado presididas por sensaciones de amor–odio. En esto, El Raisuni –Sultán de la Yebala- le dio al General Silvestre la mejor descripción: "Tú eres el viento furibundo, y yo la mar tranquila. Tú llegas y soplas irritado; yo me agito, me revuelvo, estallo en espuma; y ahí tienes la borrasca. Pero entre nosotros hay una diferencia: yo, como la mar, nunca me salgo de mi sitio; tú, como el viento, jamás estás en uno solo".
Desde las playas tarifeñas se divisa hoy con nitidez la costa tangerina. Al caer la tarde aparecen las luces de Tánger y el destello del faro de Cabo Espartel. Basri mira con melancolía su tierra.

No hay comentarios:
Publicar un comentario