sábado, septiembre 08, 2007

El templo

"Aquí quería ver yo al conde Lecquio", me dice Juan Luis cuando las gélidas aguas de la muy tarifeña Playa Chica alcanzan su cintura. Tarifa, asediada en estas fechas por un variopinto turismo que va desde los surfistas con poder adquisitivo a los desaliñados rastafaris con perro, que ya no se sabe quién pasea a quién, tiene ese privilegio de poder elegir baño en sus playas de blanca arena fina, hoy en el Mediterráneo, mañana en el Atlántico, salvo cuando sopla el bendito Levante, con el que no se baña ni la mare que lo parió. Dicen los tarifeños viejos que no hace muchos años una buena levantera limpiaba de turistas la zona, pero que hoy ya no se van ni con el viento más fuerte. Ya ven; yo llevo aquí casi veinte años y me considero tarifeño "con expectativas".
Se acaba el verano y la paciencia de veraneantes y nativos. Tarifa es localidad muy deficitaria de infraestructuras, incapaz de absorber a tantos visitantes, pese a la buena voluntad de quienes se esmeran en poner remedio a la invasión, aunque el moderno Guzmán ya no tira cuchillos, sino licencias urbanísticas que amenazan la belleza del paisaje tarifeño. Me consuela pensar que, tal vez, esa falta de infraestructuras sirve ahora de muralla defensiva para preservar su término de más agresiones urbanísticas de las que de por sí se perpetran, pero siempre hay por ahí un plan general diseñado por algún gurú que pone en jaque a la ciudad y a su extenso territorio. Para evadirnos de la agobiante multitud, aprovecho con Juan Luis los "avances informativos" con los que nos obsequiamos a mediodía en "El ombligo", el lugar secreto que recibe su nombre por estar sólo a una cuarta de "El Chozo". Ahí, en su "bin Laden", que así le llama, frente al Estrecho y en el punto más meridional y cercano a la costa tangerina, celebramos nuestros "ejercicios espirituales", que son homenaje a la tertulia y a los productos de Gabriel Castaño, y en un ambiente franciscano intento convencerle de que a mis hijos los llevo a Alemania no sólo para que estudien el idioma sino, sobre todo, para que aprendan a hablar bajito.
Cuando llega la noche, Juan Luis despliega toda su bonhomía en su restaurante, donde lleva más de cuarenta años "dando tumbos" entre sus mesas y, sobre todo, haciendo amigos. Porque su taberna es un templo a la amistad, y allí, Juan Luis –incansable trabajador de la buena mesa- ejerce de sumo sacerdote, haciendo una magia diaria que consiste en convertir al cliente en amigo que prueba su fidelidad regresando al santuario donde sólo están prohibidos el silencio y las malas caras. Para quienes estén a dieta o pretendan reducir colesterol debería colocar el Sabio un aviso en la entrada con el lema del infierno de Dante: lasciate ogni speranza voi ch´intrate.

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