sábado, septiembre 08, 2007

La derecha inoportuna

Tras su derrota en las elecciones generales, la derecha española, en la incómoda oposición, tenía ante sí el gran reto de la unidad en una doble vertiente: unidad en su discurso nacional y en torno a su derrotado líder. Lo primero, el mantenimiento de una sola voz, de un único mensaje en toda España, se ha cumplido de manera decorosa, pese a la amenaza que supuso la introducción por el Gobierno de un insensato debate estatutario, fruto de la más absoluta improvisación, pero que ha producido más estragos en algunas instituciones del Estado y en las filas del partido en el poder que en las menos maltrechas de la oposición. La abrupta salida de Josep Piqué, consecuencia del hartazgo y del inmenso error que supone aplicar en Cataluña una política diseñada en Ávila, no cabe duda de que resta centrismo y autonomía al proyecto popular, déficit que se acrecienta con el inopinado abandono de Jaume Matas, sin que desde Génova se hicieran grandes esfuerzos para que reconsiderara su actitud. Definitivamente, a la dirección popular, castellana y jacobina, se le ha atragantado el debate estatutario, pero, para quien sirva de consuelo, con un menor desgaste que el padecido por sus adversarios unidos alrededor del vergonzante Tinell.
Por lo que respecta a la unidad en torno a Mariano Rajoy, durante este verano la imprudencia e inoportunidad de muchos ha servido para dar munición al enemigo y crear un cierto ambiente de desesperanza. Ruiz Gallardón volvió a pisar terrenos movedizos al reiterar su disposición a formar parte de las listas en las próximas elecciones, una actitud que se ha entendido, con razón, como desprecio a las posibilidades de su jefe de filas más que como leal apoyo. El anuncio no es casual ni inocente: Gallardón –el exceso de inteligencia suele desembocar en soberbia- sabe que quien no esté en el Congreso no podrá participar en las quinielas sucesorias para liderar el partido y actúa con precipitación ante el eventual adelanto de los comicios y, sobre todo, movido por el nerviosismo que le provoca esa actitud deliberadamente ausente de Rodrigo Rato. Cuando le preguntan, Rato no niega la posibilidad del regreso, y eso, en el lenguaje de la política, debe traducirse como un sí.
Pero tan inoportuna e insensata es la actitud de Ruiz Gallardón como la de quienes han aprovechado sus manifestaciones para zurrarle como a una estera. Rajoy no es muy dado a tomar decisiones internas, sabedor de que éstas puedan procurarle enemigos. Pero el espectáculo veraniego, ciertamente lamentable, pone en evidencia su propia capacidad de dirección y le obliga a adoptar, de una vez, las decisiones que prometió el verano del año pasado y que ahora son ya ineludibles para evitar que un partido político corra el riego de convertirse en simple coalición.

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