En su libro Sexus Politicus, Christophe Dubois y Christophe Deloire retratan con precisión la vida amorosa y sexual de la clase política francesa. Ni que decir tiene que la obra, aparecida el pasado año en Francia, se convirtió de inmediato en un best seller, pues conocida es la afición en el país vecino por los líos de faldas o de pantalones. Al reconocer a su hija Nazarine pocos meses antes de su muerte, Miterrand confesó haber llevado durante años una doble vida aunque, realmente, las vidas paralelas de Miterrand fueron más de dos, después de engañar también durante años a los franceses haciéndoles creer que era socialista. Revel lo desenmascara en sus Memorias y lo trata de impostor, no sin cierta crueldad. Antes que Miterrand, Edgar Faure se jactaba de que como ministro se le habían resistido algunas mujeres, pero como Presidente del Consejo, ninguna. A Valery Giscard d’Estaing, el amigo de Bokassa, le llamaban Valery la nuit por sus juergas nocturnas, y a Chirac, el señor cinco minutos, con ducha incluida, por su inusual rapidez en las artes amatorias. Su mujer, Bernadette, solía preguntar a la policía del Elíseo si sabían por dónde andaba su marido, y a éste, cuando volvía de sus correrías, le recordaba que cuando Napoleón abandonó a Josefina se inició su declive.Y en estas llega Sarcozy y termina su año de vértigo con la modelo y cantante Carla Bruni contemplando las pirámides y los rojos atardeceres de Luxor. Los franceses andan encantados con la conquista del hiperactivo presidente, y sin duda la presencia de la espectacular Bruni realza todavía más el charme presidencial de Sarco. ¿Se imaginan que el inquilino de la Moncloa –cualquiera de los últimos presidentes, por no señalar- tuviera un affaire con una modelo francesa –Laetitia Casta, es un poner- y se la llevara a vivir a palacio?
Hay que reconocerles a los franceses que por su savoir faire en estas artes nos llevan décadas de adelanto. Y no solo a nosotros. Las relaciones de los políticos americanos con el sexo son mucho más toscas. Como su padre, Kennedy era un atleta sexual a pesar de su grave y crónica lesión de espalda, maestro del fast sex. Su cuñado, Peter Lawford, le surtía de carne fresa de Hollywood para dar el mejor ambiente a las fiestas de piscina, a las que los Kennedy eran tan aficionados. Cuando fue a Berlín lo recibió el alcalde, Willi Brandt; un humorista dijo entonces que con esa pareja suelta las berlinesas no habían pasado tanto peligro desde la invasión rusa de abril de 1945. A su lado, Clinton es un aprendiz, por mucho que sepa de calentamientos globales, becarias y puros.








