
Eva Duarte de Perón gustaba de poner a prueba la paciencia del embajador español, José Mª de Areilza. En una ocasión, después de dejarle esperar más de una hora en la antesala de su despacho, Evita gritó a su secretario con intención de que Areilza la oyera:
-Que pase ese gallego de mierda.
El secretario, lívido, compareció ante el flemático embajador invitándole con un gesto a acceder al despacho de la mujer del presidente. Areilza, sin perder la compostura, le espetó:
-Dígale a Su Excelencia que el gallego se va. La mierda se queda.
A la vista de algunos de los asistentes a la borrascosa Cumbre Iberoamericana celebrada en Santiago de Chile tal vez coincidan conmigo en que Eva Perón era una señora de los piés a la cabeza, sobre todo comparada con esos sátrapas fanfarrones que harían palidecer al mismísimo Benito Mussolini. Me recordó el tan repetido encontronazo la anécdota del embajador Juan Pablo de Lojendio e Irure, cuando harto de los improperios que contra España lanzaba un barbudo -de nombre Fidel- en la radiotelevisión cubana, le echó valor y se presentó en el plató en plena emisión; agarrándole por las solapas exigió una rectificación pública. Dicen que Castro pasó miedo al ver entrar al vasco hecho una furia; los dictadores no están acostumbrados a que se les contradiga, y mucho menos a que se les replique con vehemencia y firmeza. Al volver a España después del incidente, Franco, en su línea, le comentó al embajador:
-Lojendio. Como español, muy bien. Como diplomático, muy mal.
Hay quien afirma que cuando un diplomático te manda al infierno te lo dice de tal forma que estás deseando hacer las maletas para irte. Pero también la diplomacia, como la paciencia, tiene sus límites. De nada sirven las continuas apelaciones al diálogo cuando la contraparte, envalentonada, adopta una posición intransigente, enrocada en el insulto y en el continuo agravio, actitudes, y aquí está la verdadera génesis del problema, que pueden haber sido alimentadas con una política que ahora se demuestra equivocada.
Cierta izquierda distingue, inmersa en un gravísimo error, entre golpes militares progresistas y conservadores. El fascismo y el comunismo no son más que especies de un mismo género, el totalitarismo. La principal tara del socialismo –quizá por ese miedo reverencial a su hermana mayor, el comunismo- está, como afirmaba Revel, en su fascinación por la dictadura y su ceguera frente a las raices del totalitarismo. En realidad, el enemigo de la sociedad liberal no es el sátrapa fanfarrón, sino esa intelligentsia que anida en los países libres y que odia la libertad. Alguien dijo de Castro que era un personaje fascinante; a mi no se me quita de la cabeza que si Bolívar levantara la suya pedía destino en la Guardia Real.
-Que pase ese gallego de mierda.
El secretario, lívido, compareció ante el flemático embajador invitándole con un gesto a acceder al despacho de la mujer del presidente. Areilza, sin perder la compostura, le espetó:
-Dígale a Su Excelencia que el gallego se va. La mierda se queda.
A la vista de algunos de los asistentes a la borrascosa Cumbre Iberoamericana celebrada en Santiago de Chile tal vez coincidan conmigo en que Eva Perón era una señora de los piés a la cabeza, sobre todo comparada con esos sátrapas fanfarrones que harían palidecer al mismísimo Benito Mussolini. Me recordó el tan repetido encontronazo la anécdota del embajador Juan Pablo de Lojendio e Irure, cuando harto de los improperios que contra España lanzaba un barbudo -de nombre Fidel- en la radiotelevisión cubana, le echó valor y se presentó en el plató en plena emisión; agarrándole por las solapas exigió una rectificación pública. Dicen que Castro pasó miedo al ver entrar al vasco hecho una furia; los dictadores no están acostumbrados a que se les contradiga, y mucho menos a que se les replique con vehemencia y firmeza. Al volver a España después del incidente, Franco, en su línea, le comentó al embajador:
-Lojendio. Como español, muy bien. Como diplomático, muy mal.
Hay quien afirma que cuando un diplomático te manda al infierno te lo dice de tal forma que estás deseando hacer las maletas para irte. Pero también la diplomacia, como la paciencia, tiene sus límites. De nada sirven las continuas apelaciones al diálogo cuando la contraparte, envalentonada, adopta una posición intransigente, enrocada en el insulto y en el continuo agravio, actitudes, y aquí está la verdadera génesis del problema, que pueden haber sido alimentadas con una política que ahora se demuestra equivocada.
Cierta izquierda distingue, inmersa en un gravísimo error, entre golpes militares progresistas y conservadores. El fascismo y el comunismo no son más que especies de un mismo género, el totalitarismo. La principal tara del socialismo –quizá por ese miedo reverencial a su hermana mayor, el comunismo- está, como afirmaba Revel, en su fascinación por la dictadura y su ceguera frente a las raices del totalitarismo. En realidad, el enemigo de la sociedad liberal no es el sátrapa fanfarrón, sino esa intelligentsia que anida en los países libres y que odia la libertad. Alguien dijo de Castro que era un personaje fascinante; a mi no se me quita de la cabeza que si Bolívar levantara la suya pedía destino en la Guardia Real.

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