
Enrique VIII, harto del poder del papado y de lo que consideraba intolerables injerencias en la política inglesa, rompió con el principio de obediencia a Roma, impuso a la Iglesia el poder real y creó su propia comunión, ecclesia anglicana, católica, aunque no romana, y evangélica, aunque no protestante. A su frente puso como vicario general a Thomas Cromwell, duque de Essex, creador de la moderna burocracia administrativa, y a la muerte de éste –decapitado por orden real, claro- al abyecto y oportunista Thomas Audley, lord canciller del rey y cabeza visible de la iglesia anglicana. Audley, personaje sin principios, mandó decapitar a Tomás Moro y al obispo Fisher por no abjurar del principio de la supremacía papal en Inglaterra.
Hay gobernantes que tienen la inmensa suerte de poder cambiar aquello que no les place, por supuesto siempre a costa del sufrido ciudadano. Si el ejército no resulta de su agrado, se crea una unidad especial inspirada en los etéreos principios de la paz universal, bajo mando directo del jefe de gobierno, y formada por elementos –soldados del amor, a los que cantaba Marta Sánchez- a quienes lo mismo se les viste de guardias forestales que de bomberos o enfermeros, como los chavales de mi generación hacíamos con los madelman. En el ámbito judicial se anuncia desde hace tiempo la creación de ´jueces de proximidad`, alumnos con la carrera recién terminada –no contaminados con las nefastas oposiciones- quienes, tras pasar el correspondiente curso de especialización (o adoctrinamiento), tomarán posesión de sus cargos. Si se trata de las víctimas del terrorismo se constituyen las asociaciones que hagan falta, siempre y cuando se presten a restar poder a la mayoritaria, incómoda por la posición que mantiene. Y como éstos hay otros ejemplos de cómo fomentar el antagonismo, gobernar para una parte o, lo que es peor, gobernar contra quienes se consideran díscolos o sencillamente disidentes, creando un problema allí donde no lo había.
Pero la baraka presidencial en las posibilidades de cambio quiebra con estrépito cuando se topa con la Iglesia. "Con la Iglesia hemos dado, Sancho" debería recordar hoy alguno de los que creen poder imponer en la creación de cardenales una especie de primarias donde mangonear, o establecer un grupo opositor a la cúpula eclesiástica. Caen en un grave error quienes se empecinan en esa táctica consistente en fomentar una oposición interna donde no puede haberla, entre otros motivos, porque, aunque no lo crean, hay quienes tienen más arraigadas sus creencias y el principio de obediencia que los propios socialistas. Ratzinger y Rouco compartieron universidad (la Ludwig Maximilian, de Munich), maestros (Schmaus y Söhlingen) y hasta parroquia en la localidad de Moosach. Hablan el mismo idioma.

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