Las democracias experimentadas se distinguen de otras por huir de los mítines masificados y centrar la campaña en debates entre sus candidatos. El mítin multitudinario como lo conocemos aquí es poco habitual en las democracias europeas, que no mantienen el forofismo por los asuntos políticos que tanto se estila en esta tierra. El debate es, pues, la fórmula preferida por los países de mayor tradición democrática. La contienda televisada entre adversarios llega a un público inmensamente superior en número al que los propios candidatos tienen la posibilidad de convocar por muy seguidos y multitudinarios que sean sus mítines, y así se puso ya de manifiesto con el primero de los grandes debates que permitió a los americanos comparar a los candidatos que concurrieron a las presidenciales de 1960.
Me refiero al debate entre Kennedy y Nixon. Realmente no se trató durante esa campaña presidencial de un solo debate; fueron cuatro, centrados en política nacional y política internacional (el último de ellos dedicado en exclusiva a las relaciones con Cuba) y las condiciones para su celebración cabían en dos folios. Pero la verdadera importancia de estos primeros debates televisados consistió no tanto en las ideas sino en la preparación de la imagen del candidato. Se dice que Nixon perdió la presidencia por haber aparecido en los debates con diez kilos menos, pálido, con ojeras, sin maquillar y sudoroso. Nixon no quiso ser maquillado y la luz proyectada sobre su pálida faz le dio un aspecto enfermizo mientras Kennedy, que preparó el debate en la soleada California, aparecía en mejor forma que nunca. Tan malo era el aspecto de Nixon que el asesor Clark recomendaba a Kennedy acercarse todo lo posible al vicepresidente para resaltar las diferencias.
De los debates entre Carter y Ford sólo son reseñables las meteduras de pata constantes del segundo, que también tenía una proverbial facilidad para tropezar en las escalinatas de los aviones. Hay un documento del jefe de campaña de Ford dirigido a Cheney y Rumsfeld en el que sugiere le hagan llegar al presidente que durante la campaña no bese a bebés, no coma perritos calientes en las esquinas ni espere a los trabajadores a la puerta de la fábrica para pedirles el voto. Mondale perdió cualquier posibilidad de acceder a la presidencia cuando reprochó a Ronald Reagan su avanzada edad (73 años, la misma que hoy tiene McCain). Reagan apuntilló a su oponente con una fulminante respuesta: <

No hay comentarios:
Publicar un comentario