domingo, octubre 12, 2008

Nacionalismo




En su exilio, el lehendakari Aguirre recaló allá por 1941 en Berlín para intentar convencer a la jerarquía nazi de la bondad de un estado vasco, olvidando la afrenta de Guernica y otros raid de la Legión Condor. Aguirre rindió pleitesía al almirante Canaris –que no lo recibió-, al ministro Ribbentrop –que tampoco-, hasta a su ´amigo` León Degrelle, para que intentaran convencer a Hitler de que si veía con buenos ojos la creación de un estado flamenco por qué no iban a tener ese mismo derecho quienes se consideraban a sí mismos la raza más antigua de Europa y, por supuesto, la segunda -tras la aria- en el delirante ranking de superioridad racial. No sorprende en la lectura de los diarios de Aguirre la descarada admiración por los postulados nacional-socialistas, la rendida actitud respecto de quienes pocos meses antes habían masacrado a su pueblo. El lehendakari se arrastraba de manera lastimosa por Unter den Linden delante de los jerarcas nazis sin que nadie se dignara a recibirlo en la cancillería de la Wilhelmstrasse. Ahora, algunos biógrafos de Aguirre afirman que esos delirios filonazis no eran más que una coartada por si el lehendakari caía en las manos de las SS. Nacionalismo en estado puro; siempre envuelto en la mentira; en el doble juego; en el ventajismo.

De las cenizas del III Reich renacieron dirigentes políticos o curitas mediopensionistas –la pila de agua bendita- que se dedicaron a medir cavidades craneales, traseros respingones o a distinguir entre grupos sanguíneos, siempre con el ánimo de inventar diferencias artificiales que justificaran lo que no tiene fundamento. Todavía hoy comparte ese nacionalismo con regímenes totalitarios la idea de controlar a los tribunales de justicia: los jueces nazis llevaban el águila en la pechera de sus togas o el brazalete con la cruz gamada; aquí algunos aspiran a que los magistrados lleven la ikurriña pegada a la toga. La manifestación organizada en Bilbao por los nacionalistas con motivo de la condena del Tribunal Supremo al engolado Atutxa, al germánico Knörr y a Kontxi Bilbao –mal debían andar los hermanos Arana en su traducción del santoral al eusquera cuando le llegó el turno a la Inmaculada Concepción- por desobedecer la orden previamente dada por el mismo tribunal para disolver al grupo Sozialista Abertzaleak, es otra prueba más del continuo desafío del nacionalismo al Estado y al Estado de Derecho, usando otra vez como arma el falso victimismo sin el que no concibe su actuación política.

Si previsible era la actuación del nacionalismo ante la condena de sus tres nuevas ´víctimas`, reprobable es la actuación de la fiscalía del Tribunal Supremo solicitando que no fueran condenados quienes con contumacia desobedecieron resoluciones firmes. Hay otros que se prestan al doble juego.

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