Decía don Juan de la Rosa que el negocio bancario consistía en "trincar la tela de golpe y soltarla poco a poco". Como definición de las operaciones activas y pasivas de crédito, la del director y durante muchos años presidente de la Caja de Ahorros de Ronda merecería cita en los más prestigiosos manuales de Derecho mercantil. El negocio bancario nació, como se sabe, cuando el más avezado advirtió que los depositantes no irían todos el mismo día a retirar los fondos.
El problema no surge, preciamente, cuando todos los crédulos ahorradores reclaman la entrega de lo depositado en la misma fecha sino cuando al requerir del depositario la devolución no hay bienes suficientes, fatal circunstancia que suele darse en aquellos negocios cuyo nivel de riesgo para el confiado inversor es directamente proporcional a los elevados intereses o pingües beneficios que le prometen. Recuerdo el caso de doña Branca, la "banquera del pueblo", una analfabeta que garantizaba a los depositantes un 10% mensual y que causó una enorme turbulencia financiera en Portugal cuando anunció la quiebra de su muy particular sistema. La estafa, el engaño, reside en la propia estructura piramidal del ´negocio`, que requiere la continua entrada de nuevos ahorradores, no exentos de codicia, y de fondos para poder pagar los elevadísimos intereses que alegremente se prometen a los primeros. Hay quienes a este engaño lo denominan "esquema de Pozzi", pero la inventora de esta modalidad de estafa atendía al muy patrio nombre de Baldomera de Larra, hija de don Mariano, que con su "Caja de Imposiciones" continuó con el ´vuelva usted mañana` paterno, pero esta vez en versión dirigida a los incautos y crédulos depositantes que le confiaron sus fondos.
La primera reacción de cualquier observador ante este tipo de engaños suele ser la sorpresa. ¿Cómo es posible que pueda haber personas que sigan confiando en aquellos que prometen duros a peseta? Pero no por haber visto miles de veces la película Los Tramposos (1959), con los geniales Antonio Ozores y Tony Leblanc pegándosela a un propio en los aledaños de la Estación de Atocha, dejan de repetirse los timos de la estampita, del tocomocho o del trile, prácticas de zorrastrones que no son más que el tronco común de engaños que también se desarrollan, pero a mayor escala, en chiringuitos financieros de lujoso atrezo que cambian la mesa playera del trilero por un biedermayer en leasing.
Ahora, en tiempos de crisis, se reproducen como hongos los desfalcos de estos falsos Midas capaces de engatusar con su ostentación a cientos de confiados ahorradores incapaces de resistir los cantos de sirena que atraen la codicia humana. Estamos ante una extensión de la solería de este inmenso Patio de Monipodio.

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